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Escribo este trabajo desde una subjetividad
consciente y deliberada, que no pretende ocultarse tras una falsa neutralidad
académica. Hablo como educador de trayectoria prolongada en el campo de las
ciencias de la educación, la pedagogía, el currículo, la evaluación y la
gestión directiva; y hablo también como masón, formado en la lógica iniciática,
en la disciplina simbólica y en la responsabilidad institucional. Esta doble
pertenencia no es circunstancial: constituye el lugar epistemológico desde el
cual pienso, interpreto y juzgo la realidad educativa latinoamericana y el rol
histórico -hoy debilitado- de la Masonería. No se trata de una reflexión
externa, sino de una autointerpelación ética.
La crisis educativa que atraviesa América Latina
no puede comprenderse como un fenómeno aislado, ni como un simple déficit de
políticas públicas, es expresión localizada de una crisis global del sentido de
la educación. A escala planetaria, los sistemas educativos han sido
progresivamente capturados por una racionalidad instrumental que reduce la
educación a entrenamiento para la productividad, la gestión de competencias y el
control de resultados. Paulo Freire lo advirtió con lucidez: “la educación
nunca es neutra: o es práctica de la libertad o es práctica de la dominación”.
Hoy, en demasiados contextos, se educa para la adaptación pasiva y no para la
transformación crítica.
Esta racionalidad global se impone con particular
violencia simbólica en América Latina, región marcada por profundas
desigualdades históricas, coloniales y estructurales. Las reformas educativas
importadas, los modelos de estandarización internacional y la obsesión por
indicadores cuantitativos han vaciado a la pedagogía de su sentido humanista.
La escuela, en muchos casos, ha dejado de ser espacio de formación integral
para convertirse en dispositivo de contención social. Martha Nussbaum lo
expresa con crudeza: “una educación que margina las humanidades produce
sociedades técnicamente competentes, pero moralmente frágiles”. En nuestros
países, esta fragilidad se traduce en exclusión, violencia y despolitización de
la ciudadanía.
Desde mi experiencia en desarrollo curricular y
evaluación educativa, constato que la pregunta fundamental ha sido desplazada:
ya no se discute qué tipo de ser humano queremos formar, sino qué tipo de
trabajador requiere el mercado; esta omisión no es inocente. Enrique Dussel ha
señalado que “la dominación más eficaz es aquella que logra que los
dominados no se piensen como tales”. La ignorancia contemporánea no es
ausencia de información, sino incapacidad inducida para pensar críticamente la
realidad histórica, para leer las estructuras de poder y para asumirse como
sujeto transformador.
En este escenario, la educación se convierte en un
campo de disputa ética y política. Edgar Morin lo resume con contundencia: “educar
es enseñar a vivir”. Pero ¿Qué significa enseñar a vivir en sociedades
atravesadas por la desigualdad, la precariedad y la pérdida de sentido?
Significa formar conciencia, no solo transmitir contenidos; significa articular
razón, ética y responsabilidad social. Toda educación que renuncia a esta tarea
se convierte, aunque no lo declare, en pedagogía de la resignación.
Es precisamente aquí donde la Masonería queda
interpelada de manera directa y profunda. Históricamente, la Orden comprendió
la educación como proceso iniciático colectivo. En América Latina, los masones
no fueron meros observadores del devenir educativo: fueron constructores de
sistemas escolares, defensores de la educación pública y laica, promotores de
la formación ciudadana y republicana. Para ellos, educar era iluminar la
conciencia social. “Sin educación no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay
república”. Esta convicción no era retórica simbólica, sino praxis
histórica.
Hoy, sin embargo, emerge una pregunta incómoda que
no puede seguir siendo postergada: ¿Dónde está ese impulso masónico? ¿En qué
momento la Orden pasó de ser sujeto educativo activo a espectadora prudente -cuando
no silenciosa- de la degradación pedagógica? Resulta profundamente contradictorio
proclamar la búsqueda de la luz mientras se acepta la mercantilización del
conocimiento y la banalización del saber. Iván Illich advertía que “la
escuela puede convertirse en un ritual que legitima la desigualdad”.
Guardar silencio frente a esta realidad no es neutralidad: es renuncia ética.
Desde una comprensión iniciática profunda, la luz
no es un ornamento ritual ni un capital simbólico acumulable, es
responsabilidad histórica. “La luz que no se proyecta en la historia se
apaga en el ritual”. La Masonería, si desea ser fiel a su vocación
humanista, debe asumir nuevamente su dimensión pedagógica. La iniciación no es
un fin en sí mismo, sino un proceso formativo que compromete al iniciado con la
transformación personal y social. Como masón y educador afirmo: no hay
coherencia iniciática sin compromiso educativo.
Recuperar el liderazgo educativo exige pasar del
diagnóstico a la acción. En primer lugar, la Masonería debe reconocer la
educación como eje estratégico de su acción social en América Latina; las
logias pueden y deben convertirse en espacios vivos de formación ciudadana,
pensamiento crítico y diálogo interdisciplinar abiertos a la comunidad.
Círculos de lectura, escuelas populares de formación ética, espacios de
reflexión política y pedagógica son acciones coherentes con la tradición
masónica. Freire lo recordaba: “nadie educa a nadie, nadie se educa solo;
nos educamos en comunión”. La fraternidad masónica ofrece un terreno fértil
para esta praxis.
En segundo lugar, la formación docente debe ser
una prioridad, no hay transformación educativa sin educadores críticos,
conscientes de su papel histórico. Desde la Masonería -que cuenta con docentes,
investigadores y directivos- pueden impulsarse procesos de formación de
formadores basados en pedagogías liberadoras, investigación-acción educativa y
ética profesional. Philippe Meirieu ha insistido en que “enseñar es siempre
un acto ético antes que técnico”. Olvidar esta premisa ha conducido a la
deshumanización del oficio docente.
En tercer lugar, es imprescindible repensar el
currículo como proyecto político-pedagógico. Desde mi experiencia en
planeamiento y desarrollo curricular, sostengo que el currículo nunca es
neutro: expresa una visión de sociedad y de ser humano. Recuperar la educación
como proceso liberador implica diseñar currículos que formen pensamiento
crítico, conciencia histórica, sensibilidad ética y compromiso social. Edgar
Morin advierte que “la fragmentación del saber impide comprender la
complejidad del mundo”. La Masonería, con su tradición simbólica
integradora, puede aportar a una pedagogía de la complejidad y del sentido.
En cuarto lugar, la Orden debe recuperar su voz
pública en el debate educativo, el silencio institucional frente a políticas
educativas deshumanizantes no es prudencia estratégica: es complicidad pasiva.
Desde una masonería liberal y progresista, es posible y necesario intervenir
críticamente en defensa de la educación pública, inclusiva y emancipadora.
Freire fue categórico: “lavarse las manos frente al conflicto entre el
poderoso y el oprimido es ponerse del lado del poderoso”. Esta afirmación
interpela directamente a nuestras prácticas institucionales.
Finalmente, la educación debe ser asumida como
proceso iniciático de la sociedad en su conjunto. Así como el masón recorre un
camino progresivo de perfeccionamiento, las sociedades latinoamericanas
necesitan procesos educativos que acompañen su desarrollo histórico,
fortalezcan su identidad y promuevan justicia social. La iniciación, leída en clave
pedagógica, no es privilegio de élites ilustradas, sino derecho de los pueblos
a acceder a la luz del conocimiento crítico y de la conciencia ética.
Concluyo reafirmando una convicción que integra de
manera inseparable mi perfil académico y mi perfil masónico: la crisis
educativa global, vivida con especial crudeza en América Latina, constituye una
prueba histórica para la Masonería. O la Orden recupera su vocación pedagógica
y su compromiso con la educación como proceso liberador e iniciático, o corre el
riesgo de convertirse en una institución simbólicamente respetable pero
históricamente irrelevante. “La ignorancia no se combate con discursos, sino
con educación crítica”, insistía Freire. Educar, hoy, vuelve a ser un acto
subversivo, ético e iniciático. Asumirlo es, quizás, una de las formas más
auténticas de vivir la Masonería en nuestro tiempo.
Referencias
bibliográficas
Dussel,
E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y la
exclusión. Madrid: Trotta.
Freire,
P. (1997). Pedagogía de la autonomía. México: Siglo XXI.
Freire,
P. (2005). Pedagogía del oprimido. Buenos Aires: Siglo XXI.
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I. (1971). La sociedad desescolarizada. México: Joaquín Mortiz.
Meirieu,
P. (2001). Aprender, sí. Pero ¿cómo? Barcelona: Octaedro.
Morin,
E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París:
UNESCO.
Nussbaum,
M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las
humanidades. Buenos Aires: Katz.
Wirth,
O. (1995). El simbolismo masónico. Barcelona: Edicomunicación.
Wilmshurst,
W. L. (2009). El significado de la masonería. Barcelona: Obelisco.
Villar
Peñalver, A. Escritos sobre desarrollo curricular, investigación-acción
educativa, formación de formadores, gestión directiva y pedagogía crítica.
Publicaciones académicas y digitales.




